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Razón de vivir                        


L

a vida no tiene como valor fundamental el comprar cosas, sin embargo, ¡qué enganchados estamos con aquello! La vida no se pasa bien cuando estamos todos embroncados, ¡pero como nos cuesta llevar la fiesta en paz! No tenemos, ni por asomo, un mundo grato para vivir y, sin embargo, nos empeñamos – aquí y en el globo – en continuar bajo los mismos paradigmas que no producen ni felicidad ni armonía.

Esta época es una muestra clara de nuestra locura colectiva, el símbolo de la mayor anomalía de la sociedad occidental. La Navidad debe ser una fiesta de amor, pero es, sin duda, la temporada de mayor estrés de la humanidad. ¿Paradójico, no? Esta manera en que vivimos la navidad es la señal que debemos cambiar, de que tenemos que poner el acento en otras cosas. Es una urgencia, pero sobre todo un acto de inteligencia individual y colectiva.

La manera como aún vivimos fue fundada con la revolución industrial, pero sus bases aparecieron antes, con la consolidación de las grandes ciudades y la invención de las instituciones básicas del Estado, el mercado y la sociedad. Varios siglos después debemos ya acometer la tarea de imaginarnos una sociedad diferente. Sobre todo cuando en las últimas décadas, con la aparición de las ambiciones colosales de las corporaciones y las nuestras, nos hemos zambullido todos en el baile del compra-compra-compra destruyendo nuestros nervios y los de nuestro planeta.

Yo creo que estamos presenciando la etapa final de una forma de organización de nuestra sociedad. Lo creo porque ya somos muchos los inconformes y porque hay demasiadas cosas que denotan un accionar muy estúpido y, nadie que se da cuenta, quiere comportarse como tal. Estamos viviendo bajo el paradigma de tener, y hemos abandonado nuestro ser. No necesitamos de tantas cosas, pero vivimos en una puja infernal por apropiarnos de todo.

Cuando salgo al parque con mi bebé y veo tantos niños en manos de preciosas y amables mujeres pero sin sus padres, no puedo dejar de preguntarme: ¿necesitamos realmente tanto dinero para echarnos a disfrutar de la vida? ¿cómo pueden perderse – papá y mamá – de tantos momentos con sus hijos?

El mundo va a cambiar porque hay demasiadas cosas tontas que nos estamos obligando a hacer y no estamos siendo felices. Por eso creo que la noción de felicidad va a pasar por una transformación radical. De aspirar a tener, a ser. Y para ser no se necesita de tanto. ¿Recuerdan las películas y series de ficción de antaño: la humanidad viviendo en naves espaciales absolutamente minimalistas? Quizás ahí esté el nuevo modelo. No necesitamos destruir la Tierra para vivir de esa manera.

Morirá la moda porque podemos vivir con mucho menos trajes. Morirá la carrera loca por el invento de más y más artefactos, y en su reemplazo volverá a aparecer el ser humano como eje de todo. Estas navidades no puedo dejar de pensar en los campesinos que subieron a la laguna El Perol. ¿Qué haremos cuando ya no necesitemos hacer tanto? Cuidar la tierra, cuidar el agua, cuidar nuestros animalitos y, sobre todo, cuidar de nuestras familias. ¡Feliz Navidad!

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