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El año en que vivimos sumergidos en un conflicto falaz


N

unca entiendo los conflictos de izquierdas y derechas. No los entendí en la universidad y menos los entiendo ahora cuando desde hace años que ni la izquierda ni la derecha representan, en términos ideológicos, a nadie.

Lo que veo que esconden estos supuestos conflictos de izquierda y derecha son pleitos entre personalidades sin respaldo popular. Pleitos de larga data, irresueltas disputas juveniles y un arsenal de palabrería ideológica poco relevante para la gente. Este año el ánimo ha estado fregadamente caldeado y conflictivo. Este año los peruanos hemos tenido todo el tiempo ganas de embroncarnos.

Por eso esta dicotomía, hoy más que nunca, no ayuda. Por el contrario, exacerba los conflictos y terminamos entrando en guerras absurdas en las que nadie gana, ni siquiera hay empate; con las guerras sociales irresueltas y enjauladas en aparentes conflictos ideológicos, todos perdemos. Porque lo normal, ante cualquier situación problemática es analizarla para después resolverla. Analizarla en todos sus ángulos y sin prejuicios, pero cuando gana el calificativo se pierde esa posibilidad.

Las partes en conflicto comienzan a ocuparse más de encajonar al que habla en una posición (izquierda / derecha) para saber si lo escuchan o lo abuchean, y cuando esto ocurre ya nadie puede ayudar. Lo mismo que pasa con izquierdas y derechas, pasa con el tema caviar – anticaviar, mineros – antimineros, etc.

Díganme, ¿ayuda en algo al país colocar adjetivos tan excluyentes? ¿Estamos tan mal en los medios de comunicación que varios de sus principales líderes promueven esta adjetivación dicotómica? ¿No estamos, con ello, finalmente promoviendo la incomunicación?

¿Por qué más bien no comenzamos a poner los problemas de fondo sobre la mesa y comenzamos a discutirlos entre todos? El progreso y la democracia se construyen conversando y discutiendo. Hablando y, sobre todo, hablando en libertad. Así bajan los malestares iniciales y comienzan a llegar los acuerdos.

Que al comienzo la gente se expresa con cólera, pues sí, hay que tener aguante para escuchar el desahogo de sus quejas y resentimientos. Luego de eso comienzan a aparecer las razones y con ellas la posibilidad de llegar a acuerdos. Así es siempre en cualquier relación entre humanos.

Una regla básica del marketing dice que hay que escuchar, fundamentalmente, a los clientes insatisfechos. Los campesinos andinos y los nativos amazónicos son los clientes más insatisfechos del Perú. Ya no lo son ni los maestros ni los sindicatos, y menos los empresarios.

Deberíamos sentarnos a escuchar para después resolver con ellos. Su amargura, en realidad, es un reclamo. Están pidiendo ser parte del desarrollo, no se oponen a él. Están molestos.

En comparación, mientras para nosotros la vida parece cada vez más fácil, a ellos se les pone cada vez más difícil. Nadie está pensando en el desarrollo de sus actividades económicas, no acceden a líneas de crédito y los servicios que reciben son pésimos.

Los amigos de Perú Nebraska han recibido este año más atención del Estado peruano que muchos de los campesinos y nativos amazónicos en el último quinquenio.

Publicado en Diario16 el sábado 17 de diciembre.

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